100 Años, Mensaje Inédito a La Juventud

La primera cosa que tiene que hacer toda auténtica juventud es aprender a no venderse. Nada más grave para el futuro y para la salud moral de una nación que las asambleas de pusilánimes o aprovechadores venales cuyo lenguaje común es tratarse mutuamente como respetables.

No sólo los políticos, sino muchos grandes médicos y grandes abogados y profesores y aristócratas e intelectuales entran en esa lucrativa confraternidad.
El deber fundamental de un joven es el de la decencia substancial. Para construirla y sostenerla, ningún material mejor que la indiferencia necesaria para que las naturalezas subalternas importen poco.

Hay que aprender a decir que no en contra de uno mismo. Será el mejor acto que se pueda realizar en un país enfermo de consentir. Si en el espíritu de la nueva generación predomina la tendencia a decir que sí, hay que sospechar que la decadencia colectiva es tremenda. Pero nada tan sencillo aparentemente y tan difícil de hacer bien y tan delicado para realizar con rigor, nada tan arduo que requiera tanto coraje como ser hombres de afirmación y no de mera negación.

Sobre las ruinas de lo que se niega, hay que fundar lo positivo. La verdadera calidad de un espíritu depende del modo como prolonga hacia adelante su pensamiento y su acción bien parado en los pies propios, adherido con garras a las verdades sólidas y esenciales contra todos los elementos contingentes de la existencia exterior, sin confiar más que en el fruto de la dedicación de la vida a una labor clara y humana.

Quien no se sienta capaz de ser religiosamente honrado en su soledad, se condenará fácilmente a la perdición y por sonora que sea su creencia proclamada, por ruidosos que suenen los golpes que se da al pecho, se entregará fácilmente a la individual rapiña y a todo lo peor con tal de que le otorgue poder.

Acuérdense siempre los jóvenes de eso y busquen en torno suyo a los que desdeñan el grito público y hacen de su retiro o de su callada acción la sola gloria capaz de interesarlos.
Desconfíen de los teóricos apurados por hacer de su orgullo un imperio y de los que en su arsenal recóndito sólo albergan como armas la calumnia, el insulto, la vejación. Es muy común que los gestos ampulosos cubran un sistema de miserias. Lo que un hombre es en su intimidad -esto es lo único que es.

Nada de lo anterior implica un consejo de puro intelectualismo. Tan peligroso como otros puede ser el mito de la cultura, llámese humanismo del Renacimiento, filosofismo del siglo XVIII, adoración del siglo XIX por la ciencia. Hay esclavos de bienes corporales -el dinero, el lujo, el predominio- como hay esclavos de bienes intelectuales -el libro, la educación, la fama. Tanto en las limitaciones especializadas del profesionalismo como en la frivolidad del diletantismo existe desde un ángulo distinto, análogo condenable divorcio entre la Inteligencia y la Realidad profunda.

Así como la ley fundamental de la economía no es la acumulación sino la utilización de los valores materiales en beneficio de las exigencias del hombre y de la civilización, también la ley fundamental de la cultura no es la acumulación del saber sino su adaptación al hombre para la realización completa de sus destinos.

El saber es como la riqueza. Fecundo cuando está al servicio del hombre; peligroso cuando está al servicio de sí mismo. De acuerdo con la jerarquía natural de los valores; no es el número de escuelas, ni el número de libros ni la cantidad de escritores lo que valoriza a un pueblo, sino la calidad de sus hombres y la naturaleza de su cultura, la sabiduría del corazón. Es el corazón lo que está en el centro del hombre total.


Jorge Basadre, 1946

* Publicado en el semanario Caretas, el 13 de febrero de 2003
El Humanismo es Democracia Plena

Los humanistas son internacionalistas, aspiran a una nación humana universal. Comprenden globalmente al mundo en que viven y actúan en su medio inmediato. No desean un mundo uniforme sino múltiple: múltiple en las etnias, lenguas y costumbres; múltiple en las localidades, en las regiones y las autonomías; múltiple en las ideas y las aspiraciones; múltiple en las creencias, el ateísmo y la religiosidad; múltiple en el trabajo; múltiple en la creatividad.

Los humanistas no quieren un Estado centralizado, ni un Paraestado que lo reemplace. Los humanistas no quieren ejércitos policíacos, ni bandas armadas que los sustituyan.

Pero entre las aspiraciones humanistas y las realidades del mundo de hoy, se ha levantado un muro. Ha llegado pues, el momento de derribarlo. Para ello es necesaria la unión de todos los humanistas del Perú y el mundo.

Para los humanistas existen como factores de la producción, el trabajo y el capital, y están demás la especulación y la usura.

Los humanistas sienten la necesidad de actuar no solamente en el campo laboral sino también en el campo político para impedir que el Estado sea un instrumento del capital financiero mundial, para lograr que la relación entre los factores de la producción sea justa y para devolver a la sociedad su autonomía arrebatada.

Los humanistas luchan para transformar la práctica de la representatividad dando la mayor importancia a la consulta popular, el plebiscito y la elección directa de los candidatos.

Encaminar la lucha política hacia la creación de un nuevo tipo de sociedad. Una sociedad flexible y en constante cambio, acorde con las necesidades dinámicas de los pueblos hoy por hoy asfixiados por la dependencia


Humanismo es Auténtica Representación Política

En cuanto a la representatividad. Desde la época de la extensión del sufragio universal se pensó que existía un solo acto entre la elección y la conclusión del mandato de los representantes del pueblo. Pero a medida que ha transcurrido el tiempo se ha visto claramente que existe un primer acto mediante el cual muchos eligen a pocos y un segundo acto en el que estos pocos traicionan a los muchos, representando a intereses ajenos al mandato recibido. Ya ese mal se incuba en los partidos políticos reducidos a cúpulas separadas de las necesidades del pueblo. Ya, en la máquina partidaria, los grandes intereses financian candidatos y dictan las políticas que éstos deberán seguir. Todo esto evidencia una profunda crisis en el concepto y la implementación de la representatividad.

Porque aún existen, en numerosos países, leyes que subordinan candidatos independientes a partidos políticos, o bien, subterfugios y limitaciones económicas para presentarse ante la voluntad de la sociedad. Y, si se trata de igualdad de oportunidades, los medios de difusión deben ponerse al servicio de la población en el período electoral en que los candidatos exponen sus propuestas, otorgando a todos exactamente las mismas oportunidades.


El Partido Humanista es: Descentralización, Trabajo y Ética para el Desarrollo de las Personas

La acción de los humanistas parte de las necesidades de la vida que consisten en alejar el dolor y aproximar el placer. Pero la vida humana agrega a las necesidades su previsión a futuro basándose en la experiencia pasada y en la intención de mejorar la situación actual. Su experiencia no es simple producto de selecciones o acumulaciones naturales y fisiológicas, como sucede en todas las especies, sino que es experiencia social y experiencia personal lanzadas a superar el dolor actual y a evitarlo a futuro. Su trabajo, acumulado en producciones sociales, pasa y se transforma de generación en generación en lucha continua por mejorar las condiciones naturales, aún las del propio cuerpo. Por esto, al ser humano se lo debe definir como histórico y con un modo de acción social capaz de transformar al mundo y a su propia naturaleza.

Todas las formas de violencia física, económica, racial, religiosa, sexual e ideológica, merced a las cuales se ha trabado el progreso humano, repugnan a los humanistas. Toda forma de discriminación manifiesta o larvada, es un motivo de denuncia para los humanistas.

Los humanistas no son violentos, pero por sobre todo no son cobardes ni temen enfrentar a la violencia porque su acción tiene sentido. Los humanistas conectan su vida personal, con la vida social. No plantean falsas antinomias y en ello radica su coherencia.

El Humanismo pone por delante la cuestión del trabajo frente al gran capital; la cuestión de la democracia real frente a la democracia formal; la cuestión de la descentralización, frente a la centralización; la cuestión de la antidiscriminación, frente a la discriminación; la cuestión de la libertad frente a la opresión; la cuestión del sentido de la vida, frente a la resignación, la complicidad y el absurdo.

Porque el Humanismo se basa en la libertad de elección, posee la única ética valedera del momento actual. Así mismo, porque cree en la intención y la libertad distingue entre el error y la mala fe, entre el equivocado y el traidor.


Los humanistas proclamamos: «Nada por encima del ser humano y ningún ser humano por debajo de otro».

Abril 2008

Quién es Yehude Simon

Era primero de diciembre de 2000, a una hora cercana al mediodía, Valentín Paniagua, presidente del Gobierno de Transición, firmaba su indulto.

Tras casi nueve años de prisión injusta, Yehude Simon Munaro se enfundaba en un interminable abrazo con Yail, uno de sus hijos, que había estado desde algunos años apareciendo en los medios de comunicación, buscando entrevistas, acampando en plazas y haciendo, con sus tres hermanos y su madre, mil y una acciones en procura de su libertad, tras ser sentenciado a 20 años de prisión por un tribunal sin rostro en un juicio que no duró más de cinco minutos y que careció de cualquier estándar aceptable. A partir de aquel día, Yehude volvió a nacer para la política, para su familia, para él mismo.

Sus primeros años transcurrieron apacibles en Chiclayo. Como toda familia provinciana de clase media, el padre tenía mucho peso en la formación de los niños, y por eso decidió que estudiaran en un colegio de sacerdotes, sin presagiar que aquello crearía una ligera crisis familiar más adelante. Yehude Simon estudiaba con los hijos de los dueños de las haciendas, pero también con los hijos de sus trabajadores. Compartía los recreos escolares y los juegos de infancia con dos clases sociales que le hicieron comprender, a pesar de los años, una realidad distinta. “Yo me encontraba en el centro de ambos, pero fue una experiencia maravillosa”, asegura. Recuerda con especial cariño las navidades, “era la fiesta más deseada no sólo por el significado de lo que podían regalarnos como niños sino, además, por el encuentro de la familia y los amigos, y la reflexión de lo que significaba Cristo como persona y como Dios.”

Originalmente quería estudiar medicina humana, pero había terminado un poco “tierno” la secundaria y tenía dos dificultades: hasta quinto de media estaba decidido a ser sacerdote, pero un día, visitando el convento San Francisco con la decisión de entregar su vida a Dios, un evento lo hizo cambiar de parecer: “Sentí una fuerza muy grande que me expulsaba de ese lugar y entonces me dije ‘no quieren que sea cura’”. Entonces se decidió por la medicina, pero su padre no quería dejarlo partir. “Tenía una beca para España y en ese tiempo los hijos éramos muy pegados a los padres, sobre todo en familias árabes como la mía, y, como mi madre quería que estudie Derecho, se produjo una tensión familiar que ocasionó que opte finalmente por la Veterinaria”. Esa experiencia lo llevó a tener mucho contacto con las familias campesinas, los productores y “me di cuenta de que mi formación no estaba completa sin comprender antes el significado de lo que era el campo y tener una interpretación de la sociedad”. Por eso luego se licenció en Sociología.


- Winston Orrillo, que fue su profesor universitario, lo recuerda como un estudiante “brillante y reservado”.
Fueron años impresionantes y maravillosos porque veníamos desde niños escuchando lo que era la revolución cubana, la imagen del Che nos marcó muchísimo. Yo ingresé en su mejor momento, en el año 1965 ó 1966. Y, además, muchos países de América Latina estaban con dictaduras horribles.


- Ahí llega el bichito de entrar en política.
Yo tenía el problema de no haberme formado políticamente hasta ese entonces, mientras que los que ingresaban a nuestra universidad (Universidad Nacional de Lambayeque) eran, como en la mayor parte de la región norteña, gente aprista; pero también con presencia de gente de izquierda, del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionario). Entonces otra vez me encontraba en el centro, venía de un colegio religioso y comenzaba a mirar las cosas de un modo distinto. Descubrí a Mariátegui, a Vallejo, a Sartre, a Hermann Hesse –“El Lobo Estepario” me marcó-, era la época del sacrificio de Javier Heraud y eso nos ilusionaba mucho a los jóvenes.


La política y el infierno de la prisión

“Estuvimos muy alejados del país”. Simon hace un mea culpa y no rehuye a su responsabilidad. Como parte de la izquierda peruana de los setentas, reconoce que el discurso político que enarbolaba no empataba con la realidad nacional. “Uno no puede hablar del pobre si no siente la pobreza, no puede hablar de divisiones de clase si no siente el significado profundo de ello”. Su militancia estaba subordinada a un ímpetu juvenil y a un radicalismo en sus acciones que lo cegaron por algunos años. “Es evidente que mi interpretación de la época fue errada, el muro de Berlín había caído y nosotros manteníamos principios caducos sin que eso signifique que Marx sea caduco. Él nos dio lineamientos para interpretar la realidad y, al igual que Mariátegui, fue pésimamente interpretado”.

A mediados de los ochentas se formó la Izquierda Unida, el único esfuerzo de la historia republicana peruana por unir fuerzas con visiones semejantes. La idea, como su discurso, era revolucionaria y gratificante, por fin nacía en el Perú un frente único de esas características, pero la realidad los golpeó contra el piso. Yehude Simon llegó a ser Diputado por Lambayeque durante esos años.


- ¿Qué pasó con la Izquierda Unida en la que usted militó?
La experiencia de la Izquierda unida fue maravillosa cuando trabajábamos en provincias. Los provincianos siempre terminamos siendo mucho más cristalinos y entregados que las cúpulas que viven en la capital de la República. Yo recuerdo que en esa militancia en Lambayeque, Piura o Cajamarca, no mirábamos partidos políticos, no veíamos a la Izquierda Unida como un Frente sino como un todo. Ya cuando llegamos a la capital como congresistas comenzamos a abrir los ojos y ver que todo el mundo estaba peleado. La visión de los partidos que integraban ese grupo no era cómo llegar a gobernar sino ver cómo se cae el otro para ser el único. Nos peleamos por el tonto afán de tener cada uno su pequeño partido y no entender el papel de Alfonso Barrantes, a quien reivindico en esta entrevista. Yo peleé con él y me siento responsable, creo que no fuimos capaces de sumar.

Fue por eso, por mi radicalismo y porque creía que no había una opción diferenciada con un contenido profundamente nacionalista. No como el nacionalismo europeo, que termina siendo fascismo, sino como uno propio de América, que recogiera el pensamiento de Bolívar, de Grau, de Cáceres. Por ahí quisimos construir eso, y tenía mucha aceptación.


- Fue apresado en 1992 al volver al Perú luego de estar en Europa dando algunas conferencias, incluso algunos países de ese continente le ofrecieron asilo político, ¿se arrepintió de haber regresado en esas circunstancias?
No haberlo hecho hubiera sido darle en la yema del gusto a todas aquellas personas que tenían rivalidad con nosotros, especialmente el gobierno, que decía que éramos “embajadores del terror”. Yo sé a que a mi familia esto le duele muchísimo, porque significó nueve años de cárcel, pero yo me siento con la tranquilidad, primero, de mostrar que soy una persona con principios, porque es muy fácil ser revolucionario en democracia, pero cuando las papas queman me voy del país y vivo de la gloria. Yo no quería hacer eso, a pesar de que me ofrecieron lo que tú bien dices. Yo preferí venir a afrontar eso sin pensar que se iban a atrever a tanto.


- ¿Por qué cree que lo apresaron?
(Francisco) Paco Igartua lo analizó bien antes de cerrar su revista (“Oiga”): Había que dar lecciones a los militares, recuerdo al General Salinas Sedó, que intentó hacer un golpe constitucional; a los intelectuales; y a los políticos de izquierda, por supuesto. El que más había vendido imagen de radical era yo y había venido enfrentando a Fujimori. Cuando regresé de Suiza mi primera acción fue movilizar a los jóvenes de Patria Libre y del APRA contra la dictadura, la respuesta fue inmediata.


- Cuando se refiere al trabajo de la Comisión de la Verdad reconoce que todos los políticos tuvieron una responsabilidad en los hechos de violencia. ¿Qué responsabilidad concreta reconoce en usted?
En lugar de jugar a la unidad y bajar el tono de dureza de mis expresiones, no ayudé en mi mensaje. Fui uno más de todos los que echaban leña al fuego. Lo reconozco, acepto que fue una equivocación y habrá que corregirlo.


Otras pasiones
Sus amigos durante los años de prisión fueron el papel, un gusano que bautizó como “Aristóteles”, y la pluma para poder escribir. “Eso me ayudó muchísimo, tendrías que sentirlo para poder entenderlo”. La literatura llegó a su vida como inmejorable ruta de escape de toda la impotencia que sentía al estar privado de su libertad. Llegó, según cuenta, a hacer sus primeros manuscritos en papel higiénico. Para él, la motivación de escribir era la de buscar al compañero con el cual conversar. “Se sentía una soledad bárbara. En mi caso había sido congresista y tenía una identidad propia, por eso el castigo fue más duro. No había una tortura física pero sí una sicológica muy fuerte”.

Durante sus años de reclusión publicó el poemario “Hablar una vez más” (1995); “El Pasajero y otros cuentos” (1998), una recopilación de narraciones basadas en testimonios de otros presos y las injusticias que sufrían; y un ensayo, “El grito de la Agonía” (2000), sobre la experiencia carcelaria “desde dentro”. Incluso fue premiado por entidades internacionales como la Organización de Escritores y Periodistas de Noruega y la Asociación Internacional de Escritores “PEN”.


- Con esos reconocimientos que logró por su obra ¿no siente que descubrió un talento que hasta ese momento no había considerado?
Winston Orrillo siempre decía que tenía talento para escribir y me animaba a hacerlo. Siempre he escrito. A pesar de ser viejo, por ejemplo, tengo un diario, que empecé a los nueve años y continué hasta el nacimiento de mi primera hija. Ahí se paralizó todo porque entré a la vida política. Ahora mismo estoy escribiendo, aparte de una novela, un ensayo sobre regionalización y descentralización. Eso no muere.

Aún siendo lambayecano dice con orgullo ser hincha de la “U” antes que del Aurich, “es muy difícil que eso se cambie, es como la vida misma”. Confiesa haber sido un jugador más que técnico, guerrero -“por eso soy hincha de Universitario”, afirma-. Esa gallardía lo llevó incluso a llegar a jugar en el equipo amateur del Municipal de Chiclayo.


- Usted ha sido siempre muy católico ¿cómo conjugaba las ideas marxistas con la práctica religiosa?
Yo no he sido un marxista ortodoxo. Me enseñaron a entender a Marx como gente muy amplia, como maestro que daba las pautas para ayudar a entender a la realidad. Yo lo he dicho públicamente, además era un hombre que estaba aprendiendo. Pero el cristianismo nunca fue superado por nada.


- ¿Cuánto influyó su experiencia carcelaria en esa relación suya como católico?
Yo siempre fui un devoto de la Virgen de Guadalupe, no sólo como madre de Dios, sino también como símbolo de la revolución mexicana. En los momentos más difíciles yo recurrí a ella y sentí su presencia, y la de un Cristo totalmente renovador. Me ayudó muchísimo y jamás lo voy a negar, por más que le moleste a algunos.


- ¿También lo ayudó la música, supongo, quizá su afición por Pavarotti?
Todo comenzó de muy niño cuando escuchábamos en casa a Renato Bergonzini y a mí me encantaba su interpretación de “Celesta Aída”. De repente un día de esos escuché a Pavarotti y me quedé fascinado. En los momentos más tranquilos y en los más raros de mi actividad siempre tuve a Pavarotti al lado.


Ese bastión de libertad y esperanza

Un buen día Yehude recibió la llamada de una chica pidiéndole que cure a un perrito sarnoso que encontró en la calle. Allí conoció a Nancy, mujer con quien lleva ya 32 años de matrimonio. “Entonces fui a su casa y nos quedamos a conversar y ahí comenzó la cosa”, dice sonriente. Ese amor a prueba de todo lo siente demasiado intenso: “de forma y de fondo, porque me gustó ella físicamente y además es muy profunda”.

Cuando fue apresado en 1992, Yail, en ese entonces su hijo menor, tenía 8 años. Verlo luchando y haciendo lo suyo a pesar de su corta edad, lo convirtió en el emblema de esa ansiada libertad. La familia entera pasó sendos años peleando de la mano de instituciones de Derechos Humanos del país y el extranjero. “Eso hizo que todos maduráramos mucho”. Eso de que la cárcel endurece el alma es para él sólo una verdad a medias. En su caso, siente que más ganó en sensibilidad: “Me daba un orgullo inmenso ver que lo que uno estaba formando era gente de bien para el país”.


- ¿Cómo sobrellevó el no poder estar al lado de su último hijo, con quien actualmente vive, durante sus primeros años?
La relación que ahora tenemos es excelente. Él no pudo gozar de su padre en sus primeros momentos de formación, pero tuvo una madre que lo educó. Al principio fue bastante difícil, a pesar del inmenso amor que nos teníamos mutuamente. En estos momentos que me preguntas tengo la imagen de un joven que coloca su cabeza en mi hombro y me pone la mejilla para que lo bese. Pero además tenemos ideas diferentes, él se ha vuelto un anarquista que se muere por el punk, que va contra muchas de las cosas que yo pienso, pero el respeto que nos tenemos, a pesar de ser un niño todavía, abonan el cariño y confirman que soy capaz de respetar sus formas de sentir y expresarse.


- Volver a casa luego de años de separación debió significar reconstruir esa relación paterna con hijos ya profesionales y a punto de salir de casa, ¿cómo fue ese proceso?
Fue muy difícil porque en la cárcel uno tiene una forma de vivir, muy dura, por cierto. El estar encerrado te hace hablar más fuerte, y cuando regresas al hogar que dejaste no mides los tonos, las distancias y vas viendo día a día que en nueve años el mundo ha cambiado. Una recupera la libertad y tiene que enfrentarse a una vida totalmente diferente.

El 2006 lo avizora complicado. Espera, sin embargo, que el presidente Toledo termine su mandato constitucional “por el bien de la democracia” para que se inicie por fin la “primavera definitiva”. Ve a Valentín Paniagua con gran expectativa, como persona, porque tiene “una foja de servicios limpia”, pero “yendo en un gran frente, donde Acción Popular tenga el peso que le corresponde pero no el peso absoluto”.


Yehude Simon confiesa sentirse alegre de ser el político de mayor aceptación en el país, pero también “con una gran responsabilidad sobre sus espaldas”. Señala, sonriendo, no haberse soñado juramentando como presidente de la República el 28 de julio de 2006, pero tampoco correrle a las circunstancias de llegar al poder, “si es en ese año, en buena hora, será la oportunidad que necesitamos para poner a prueba nuestras capacidades; pero, si no, será en el 2011 o el 2021. Total, tenemos vida para largo”.

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